
Escribe Alonso Mesía Macher
División y caos en Centroamérica
Acabo de presenciar, por televisión extranjera, como hace unos momentos, precisamente, en consecuencia al reciente golpe de Estado en Honduras, se llevaron a cabo en Tegucigalpa grandes enfrentamientos entre las fuerzas del orden y simpatizantes de Manuel Zelaya, ex presidente ayer arrestado y mandado a exiliarse en Costa Rica por el ejército hondureño.
Armados con palos y cadenas los manifestantes arremetieron contra la policía la cual respondió el ataque con bombas lacrimógenas. La violencia dejó gran número de heridos y decenas de civiles detenidos, según fuentes de Telesur.
Honduras está peligrosamente dividida y suspendida en un caos alarmante, situación que podría desembocar en la interrupción absoluta e indefinida de la democracia de ese país, la cual, a pesar de sus contrariedades constitucionales, el gobierno de Zelaya había mantenido parcialmente intacta.
Aunque las autoridades internacionales han condenado el golpe de Estado tachándolo como “un atentado contra la estabilidad democrática”, la realidad es que la culpa recae en gran parte en la incompetencia diplomática del ex presidente hondureño. Todo este movimiento golpista debe su origen a los intentos de Zelaya por propiciar su reelección (situación temida en toda América Latina por el pasado dictatorial del continente) y a la destitución de Romeo Vásquez, jefe del Estado Mayor y opositor a los cambios constituyentes que pretendía Zelaya.
Es verdad que la decisión no fue tomada únicamente por las fuerzas militares, sino también consultada, aprobada y promovida por la Corte Suprema de Justicia. Aún así, la interrupción del orden político-democrático y la decisión de establecer sin previas elecciones a Roberto Micheletti como presidente interino, no es de ninguna forma justificable.
Estoy convencido de que el despotismo y el autoritarismo han sido en el pasado las principales causas del retraso en América Latina, sin embargo, la propuesta de la comunidad internacional, la cual solicita de forma unánime que se reponga en su cargo al legítimo presidente hondureño, es una posibilidad incierta. Y esto porque las fuerzas políticas y militares que respaldaron el golpe de Estado no se echarán para atrás. La solución más sensata y quizá la única que le queda al Congreso hondureño para conservar su independencia pero sin perder su armonía con la opinión internacional, es la de convocar nuevas elecciones presidenciales, las cuales devolverían la calma, la unión y la democracia a la República de Honduras.
División y caos en Centroamérica
Acabo de presenciar, por televisión extranjera, como hace unos momentos, precisamente, en consecuencia al reciente golpe de Estado en Honduras, se llevaron a cabo en Tegucigalpa grandes enfrentamientos entre las fuerzas del orden y simpatizantes de Manuel Zelaya, ex presidente ayer arrestado y mandado a exiliarse en Costa Rica por el ejército hondureño.
Armados con palos y cadenas los manifestantes arremetieron contra la policía la cual respondió el ataque con bombas lacrimógenas. La violencia dejó gran número de heridos y decenas de civiles detenidos, según fuentes de Telesur.
Honduras está peligrosamente dividida y suspendida en un caos alarmante, situación que podría desembocar en la interrupción absoluta e indefinida de la democracia de ese país, la cual, a pesar de sus contrariedades constitucionales, el gobierno de Zelaya había mantenido parcialmente intacta.
Aunque las autoridades internacionales han condenado el golpe de Estado tachándolo como “un atentado contra la estabilidad democrática”, la realidad es que la culpa recae en gran parte en la incompetencia diplomática del ex presidente hondureño. Todo este movimiento golpista debe su origen a los intentos de Zelaya por propiciar su reelección (situación temida en toda América Latina por el pasado dictatorial del continente) y a la destitución de Romeo Vásquez, jefe del Estado Mayor y opositor a los cambios constituyentes que pretendía Zelaya.
Es verdad que la decisión no fue tomada únicamente por las fuerzas militares, sino también consultada, aprobada y promovida por la Corte Suprema de Justicia. Aún así, la interrupción del orden político-democrático y la decisión de establecer sin previas elecciones a Roberto Micheletti como presidente interino, no es de ninguna forma justificable.
Estoy convencido de que el despotismo y el autoritarismo han sido en el pasado las principales causas del retraso en América Latina, sin embargo, la propuesta de la comunidad internacional, la cual solicita de forma unánime que se reponga en su cargo al legítimo presidente hondureño, es una posibilidad incierta. Y esto porque las fuerzas políticas y militares que respaldaron el golpe de Estado no se echarán para atrás. La solución más sensata y quizá la única que le queda al Congreso hondureño para conservar su independencia pero sin perder su armonía con la opinión internacional, es la de convocar nuevas elecciones presidenciales, las cuales devolverían la calma, la unión y la democracia a la República de Honduras.

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