Este blog, por tiempo indefenidido, se mudará a esta dirección: http://diagnosticodeinsomnio.blogspot.com Lo que ocurre es que hay un concurso de blogs y tuve que crear uno nuevo para poder participar. Les pido a quienes lean este mensaje que se encarguen de prostituir este nuevo espacio. El nuevo blog básicamente trata de lo mismo: la primera idiotez que se me ocurra. Prometo que postearé mucho más seguido que aquí. Lo prometo: nada de juerga entresemana para poder escribir. Gracias a quienes tuvieron el mal gusto de seguir en vida lo que fue Cenizas dispersas.
domingo 18 de octubre de 2009
lunes 28 de septiembre de 2009
Bird Lives

El mes pasado se cumplió un año más de la muerte de Charlie Parker, uno de los mejores saxofonistas que ha dado a luz el jazz internacional y, para muchos, el más grande improvisador de este género en la historia. Murió a los 35 años. Un médico forense lo vio y le adjudicó 65 en el parte médico. Estaba hecho mierda: alcohol, heroína, efedrinas.
Parker llegó al apogeo de la inteligencia musical. Algunos dicen que era inevitable su autodestrucción, pues había atravesado la barrera del talento humano. Todo lo que hiciera después sobraba. Lo realmente triste era que a la salida del concierto no le quedaban más objetivos de vida.
Es verdad que son muchos los que escuchan jazz. Son pocos, sin embargo, los que realmente lo entienden. Y es que hay que tener más alma que oído, hay que poderlo sentir. Creo que la soledad tan inmensa que hay en un cuarto de hotel o el frío que hay en una vereda del centro a la medianoche, me han permitido alcanzar ese contacto. No se trata ni de bohemia, ni de tristeza. Se trata de silencio, de paz. Quizá de nostalgia.
Parker llegó al apogeo de la inteligencia musical. Algunos dicen que era inevitable su autodestrucción, pues había atravesado la barrera del talento humano. Todo lo que hiciera después sobraba. Lo realmente triste era que a la salida del concierto no le quedaban más objetivos de vida.
Es verdad que son muchos los que escuchan jazz. Son pocos, sin embargo, los que realmente lo entienden. Y es que hay que tener más alma que oído, hay que poderlo sentir. Creo que la soledad tan inmensa que hay en un cuarto de hotel o el frío que hay en una vereda del centro a la medianoche, me han permitido alcanzar ese contacto. No se trata ni de bohemia, ni de tristeza. Se trata de silencio, de paz. Quizá de nostalgia.
domingo 27 de septiembre de 2009
Mi legítima voluntad

Lo peor que le puede pasar a un escritor es llegar a la conclusión de que todo lo malo que le pasa no lo ayuda a escribir, sino todo lo contrario. Sentir que ha defraudado a todos y a la vez a nadie, porque sabe que ninguna persona ha puesto nunca la suficiente confianza en él. Lo peor es saberse absolutamente prescindible, no solo para la historia de la humanidad, sino para su entorno más inmediato.
Todo el tiempo he pensado que lo que realmente debo hacer vive en constante oposición contra mi legítima voluntad. He dejado absolutamente todo y no veo un horizonte más allá del cielo gris de la avenida Alfonso Ugarte. Sin embargo, mi familia acaba por fin de comprender que no he nacido para estar en un aula de clases, que la libertad y el sabor de la verdadera bohemia (la bohemia productiva, no la que últimamente proclaman los artistas baratos) son condiciones irrenunciables para mí. Es por eso, que aunque sin mucha fe, han decidido apoyarme.
Mi madre acaba de ofrecerme un pasaje para España. No confía realmente en que pueda publicar siquiera una novela, pero ya se cansó de escucharme con el mismo rollo todo el tiempo. Dejé la universidad, estoy a punto de dejar el trabajo y solo escribo, escribo y escribo. Sólo un pobre diablo frente a la pantalla del monitor. Ni más ni menos.
Acabo de ganar la beca de escritores que ofrece una ONG en un pueblito de mierda en España. Aún no sé si tomarla. Podría empezar por ahí, quizá. De todos modos creo que este momento, precisamente, marca el inicio de una carrera (la de escritor) y el final de otra (la de periodista). Pronto espero ya estar lejos del infeliz oficio del periodismo y poder dedicarme únicamente a lo que mi legítima voluntad manda.
Todo el tiempo he pensado que lo que realmente debo hacer vive en constante oposición contra mi legítima voluntad. He dejado absolutamente todo y no veo un horizonte más allá del cielo gris de la avenida Alfonso Ugarte. Sin embargo, mi familia acaba por fin de comprender que no he nacido para estar en un aula de clases, que la libertad y el sabor de la verdadera bohemia (la bohemia productiva, no la que últimamente proclaman los artistas baratos) son condiciones irrenunciables para mí. Es por eso, que aunque sin mucha fe, han decidido apoyarme.
Mi madre acaba de ofrecerme un pasaje para España. No confía realmente en que pueda publicar siquiera una novela, pero ya se cansó de escucharme con el mismo rollo todo el tiempo. Dejé la universidad, estoy a punto de dejar el trabajo y solo escribo, escribo y escribo. Sólo un pobre diablo frente a la pantalla del monitor. Ni más ni menos.
Acabo de ganar la beca de escritores que ofrece una ONG en un pueblito de mierda en España. Aún no sé si tomarla. Podría empezar por ahí, quizá. De todos modos creo que este momento, precisamente, marca el inicio de una carrera (la de escritor) y el final de otra (la de periodista). Pronto espero ya estar lejos del infeliz oficio del periodismo y poder dedicarme únicamente a lo que mi legítima voluntad manda.
martes 15 de septiembre de 2009
Despedidas oportunas

Desde que terminé mi primer poemario, no pude volver nunca más a escribir un solo poema decente. Desde entonces han pasado cerca de dos años. Este fin de semana, con alientos renovados por un alejamiento feliz del puterío (promovido por un compromiso, espero no tan absurdo, de fidelidad), recobré la dosis de humanidad necesaria como para abordar nuevamente el género. Escribí cinco, diez, quince, veinte poemas (veinte poemas de horror y una canción desentonada): todo un absoluto fracaso.
He por fin, y a buen tiempo, antes de continuar con el ridículo lírico, rendirme ante la obviedad de la situación y declararme incompetente para escribir poesía. Sin embargo, de los tantos versos insanos que me dediqué a idear el fin de semana, he escogido éstos –que son quizá los menos vomitivos– para alumbrar una jubilación oportuna pero sin duda aún triste.
Por cierto, tienen que ver con alguien que asumo se dará por aludida. De no hacerlo ella, puede darse por aludida cualquier otra persona (y eso lo digo levantando las cejas “seductoramente”), ustedes me entienden.
Ahora me encuentras aquí
con la luz destruida en los ojos
y arrancando el musgo que crece dentro del cuarto.
Espero en silencio tu furiosa embestida
que sonriente me embistas como una ola espontánea.
Hay que terminar con las copas de vino, te digo.
Y salir juntos,
quizá de la mano,
a incendiar la ciudad.
He por fin, y a buen tiempo, antes de continuar con el ridículo lírico, rendirme ante la obviedad de la situación y declararme incompetente para escribir poesía. Sin embargo, de los tantos versos insanos que me dediqué a idear el fin de semana, he escogido éstos –que son quizá los menos vomitivos– para alumbrar una jubilación oportuna pero sin duda aún triste.
Por cierto, tienen que ver con alguien que asumo se dará por aludida. De no hacerlo ella, puede darse por aludida cualquier otra persona (y eso lo digo levantando las cejas “seductoramente”), ustedes me entienden.
Ahora me encuentras aquí
con la luz destruida en los ojos
y arrancando el musgo que crece dentro del cuarto.
Espero en silencio tu furiosa embestida
que sonriente me embistas como una ola espontánea.
Hay que terminar con las copas de vino, te digo.
Y salir juntos,
quizá de la mano,
a incendiar la ciudad.
sábado 5 de septiembre de 2009
De la barbarie y otros demonios

Escribe Alonso Mesía Macher
El jueves pasado, en el teatro Julieta, se inició la temporada de El señor de las moscas, obra basada en la popular novela de William Golding. La propuesta, bajo la dirección del experimentado director Paco Solís Fuster, se orienta a reflejar la barbarie y el instinto de la humanidad. De esta forma, la trama gira alrededor de un grupo de niños que, tras un accidente aéreo, quedan abandonados en una isla desierta. La lucha por sobrevivir los hace caer en una marea de violencia y animalidad.
No hay, sin embargo, en medio del caos de la barbarie, una lucha ética entre el bien y el mal. Solís ha trabajado la obra en función a posiciones intercambiables. Se trata de una obra llena de metáforas, las cuales ha sabido atender y utilizar con admirable lucidez. "No hay ni malos ni buenos, solo hay una lógica de disputa de poderes", nos cuenta el director.
La barbarie como un factor envilecedor, como el demonio de la historia, aparece alumbrada por un pesimismo difícil de disimular que parte tanto de la visión del autor como de la línea que ha acogido Solís. El primer vistazo se basa en el horror que busca transmitir Golding en función a la Segunda Guerra Mundial. La desesperanza del director, por su lado, se encuentra en su profunda decepción sobre la condición humana. "Esta obra nos puede decir mucho sobre la barbarie que existe aún dentro de la civilización y sobre la tendencia tan fuerte que tiene el hombre hacia la estupidez.", comenta.
Datos
El jueves pasado, en el teatro Julieta, se inició la temporada de El señor de las moscas, obra basada en la popular novela de William Golding. La propuesta, bajo la dirección del experimentado director Paco Solís Fuster, se orienta a reflejar la barbarie y el instinto de la humanidad. De esta forma, la trama gira alrededor de un grupo de niños que, tras un accidente aéreo, quedan abandonados en una isla desierta. La lucha por sobrevivir los hace caer en una marea de violencia y animalidad.
No hay, sin embargo, en medio del caos de la barbarie, una lucha ética entre el bien y el mal. Solís ha trabajado la obra en función a posiciones intercambiables. Se trata de una obra llena de metáforas, las cuales ha sabido atender y utilizar con admirable lucidez. "No hay ni malos ni buenos, solo hay una lógica de disputa de poderes", nos cuenta el director.
La barbarie como un factor envilecedor, como el demonio de la historia, aparece alumbrada por un pesimismo difícil de disimular que parte tanto de la visión del autor como de la línea que ha acogido Solís. El primer vistazo se basa en el horror que busca transmitir Golding en función a la Segunda Guerra Mundial. La desesperanza del director, por su lado, se encuentra en su profunda decepción sobre la condición humana. "Esta obra nos puede decir mucho sobre la barbarie que existe aún dentro de la civilización y sobre la tendencia tan fuerte que tiene el hombre hacia la estupidez.", comenta.
Datos
-Las entradas están a la venta en Teleticket y en la boletería del teatro a 15 (estudiantes) y 25 nuevos soles (general).
-La obra está en escena todos los fines de semana del mes de setiembre, de jueves a domingo, a las 20.00 horas.
El elenco
Óscar Meza, Raúl Saco, Sergio Maggiolo, Diego Ramos, Cristián Tejeda, Yllaric Sandoval, Martín Velásquez, Renato Rueda, Piero Fuentes-Castro, Gabriel González, Bruno Espejo y Tirso Causillas.
-La obra está en escena todos los fines de semana del mes de setiembre, de jueves a domingo, a las 20.00 horas.
El elenco
Óscar Meza, Raúl Saco, Sergio Maggiolo, Diego Ramos, Cristián Tejeda, Yllaric Sandoval, Martín Velásquez, Renato Rueda, Piero Fuentes-Castro, Gabriel González, Bruno Espejo y Tirso Causillas.
sábado 22 de agosto de 2009
El precio de la libertad

Entrevista por Alonso Mesía Macher
El director chileno Andrés Wood presentó en Lima su más reciente film La buena vida. Durante su estadía, pude conversar brevemente con él y me contó, con particular sentido del humor, a cerca de su actual situación como director y cómo es que la productora que maneja le da ciertas libertades para seguir dirigiendo.
¿A qué se debe esta evolución temática en La buena vida?
Este contexto nace a partir de la idea de hacer un documental de una peluquería. Esta peluquería tenía toda esta clientela que son los personajes de La buena vida. Lo que quise hacer fue una película menos anecdótica.
En cuestión de logro, ¿como siente esta película en relación a Machuca?
Son muy distintas. Me exigen como director otras cosas. Machuca, objetivamente, es mucho más popular. Pero eso no me quita el sueño. Estoy muy agradecido con esa película por haberme hecho popular al menos por un minuto (risas). Sin embargo, nadie nunca pensó que Machuca sería tan conocida, por eso siempre me he declarado incompetente para dar recetas de popularidad.
Usted dice que participa de todas las etapas del desarrollo de un film.
Eso por una parte es un desastre porque no permito que el proyecto avance. Yo soy el mismo freno. Pero me gusta mucho estar involucrado en todas las etapas del proyecto. Me gusta más el hacer que el producto.
¿Qué opina de la evolución del cine Latinoamérica?
Es muy interesante lo que está sucediendo con el cine mediano. Porque no es sorpresa que el cine brasileño, o el mexicano, o el argentino sean tan buenos. La sorpresa es que haya buen cine colombiano, buen cine peruano o cine chileno medianamente decente (risas).
¿Usted tiene apoyo suficiente para continuar produciendo?
He tenido la suerte de armar una productora que hace publicidad. Es así como compro mi libertad para dirigir. Sin embargo, es curioso, me siento cómodo en esta rama. Y es que lo que me piden tiene que ver con lo que hago: dirigir actores, contar historias. La productora me permite, no financiar mis filmes porque eso es una locura, pero me permite una vida normal, con niños que van al colegio y así (risas).
Producir cine es arriesgado. Digamos, si eres novelista, terminas un libro y no te gusta. Bueno, en fin, no has gastado miles de dólares. En el cine no hay vuelta atrás. ¿Alguna vez ha sentido que un producto final no es el esperado?
Todo el tiempo (risas).
¿Y como se enfrenta esto?
Me pongo a llorar. ¡A llorar a mares! (risas). Es natural, no existe esa posibilidad. Y a veces tampoco la de evaluarlo. Llega un punto que no se puede evaluar nada. Pero de todos modos yo ya no busco evaluar mis películas, es más, ni siquiera las veo.
¿Y por qué no?
Bueno… prefiero ver películas más interesantes (risas).
El director chileno Andrés Wood presentó en Lima su más reciente film La buena vida. Durante su estadía, pude conversar brevemente con él y me contó, con particular sentido del humor, a cerca de su actual situación como director y cómo es que la productora que maneja le da ciertas libertades para seguir dirigiendo.
¿A qué se debe esta evolución temática en La buena vida?
Este contexto nace a partir de la idea de hacer un documental de una peluquería. Esta peluquería tenía toda esta clientela que son los personajes de La buena vida. Lo que quise hacer fue una película menos anecdótica.
En cuestión de logro, ¿como siente esta película en relación a Machuca?
Son muy distintas. Me exigen como director otras cosas. Machuca, objetivamente, es mucho más popular. Pero eso no me quita el sueño. Estoy muy agradecido con esa película por haberme hecho popular al menos por un minuto (risas). Sin embargo, nadie nunca pensó que Machuca sería tan conocida, por eso siempre me he declarado incompetente para dar recetas de popularidad.
Usted dice que participa de todas las etapas del desarrollo de un film.
Eso por una parte es un desastre porque no permito que el proyecto avance. Yo soy el mismo freno. Pero me gusta mucho estar involucrado en todas las etapas del proyecto. Me gusta más el hacer que el producto.
¿Qué opina de la evolución del cine Latinoamérica?
Es muy interesante lo que está sucediendo con el cine mediano. Porque no es sorpresa que el cine brasileño, o el mexicano, o el argentino sean tan buenos. La sorpresa es que haya buen cine colombiano, buen cine peruano o cine chileno medianamente decente (risas).
¿Usted tiene apoyo suficiente para continuar produciendo?
He tenido la suerte de armar una productora que hace publicidad. Es así como compro mi libertad para dirigir. Sin embargo, es curioso, me siento cómodo en esta rama. Y es que lo que me piden tiene que ver con lo que hago: dirigir actores, contar historias. La productora me permite, no financiar mis filmes porque eso es una locura, pero me permite una vida normal, con niños que van al colegio y así (risas).
Producir cine es arriesgado. Digamos, si eres novelista, terminas un libro y no te gusta. Bueno, en fin, no has gastado miles de dólares. En el cine no hay vuelta atrás. ¿Alguna vez ha sentido que un producto final no es el esperado?
Todo el tiempo (risas).
¿Y como se enfrenta esto?
Me pongo a llorar. ¡A llorar a mares! (risas). Es natural, no existe esa posibilidad. Y a veces tampoco la de evaluarlo. Llega un punto que no se puede evaluar nada. Pero de todos modos yo ya no busco evaluar mis películas, es más, ni siquiera las veo.
¿Y por qué no?
Bueno… prefiero ver películas más interesantes (risas).
domingo 16 de agosto de 2009
Juicios de un cineasta

Entrevista por Alonso Mesía Macher
Manuel Pérez, director cubano y jurado oficial en Festival de Cine de Lima, conversó conmigo a cerca de las constantes en el cine latinoamericano, las dificultades comerciales del cine independiente y la responsabilidad política de los gobernantes ante la cultura audiovisual de América Latina.
¿Cómo será la labor del jurado en este Festival?
–Tengo la impresión de que somos un jurado diverso. Hay gran variedad de criterio. No hay ningún gusto predominante y eso me parece muy bien. De todos modos yo no tengo un paradigma como jurado: me enfrento a las películas como cineasta.
¿Cree que hay un común denominador en el cine latinoamericano como para juzgarlo?
–Creo que en América Latina hay una historia común muy fuerte. Siento que hay elementos comunes socio-político-históricos y de idiosincrasia. Dejando de lado a Brasil, el componente idiomático también es un lazo fuerte. Y creo que estos rasgos de identidad nos permiten acercarnos a los problemas de una manera especial.
Sin embargo, el cine latinoamericano ha cambiado. Cuando usted empezó a hacer cine, el cine era mucho más político.
–Cuando yo empecé a hacer cine otro era el mundo. El cine no escapa a las contingencias. El cine que se hacía en las décadas de los 50 y los 60 era muy diferente al que se hace en la actualidad. Te hablo de la época cuando el cine era solamente cine. Hoy en día el cine es arte y desde ese punto de vista lo que se pide es que sea eficazmente artístico.
¿Qué opina del fenómeno del cine independiente versus el cine comercial?
–Este llamado cine comercial, con lo que comercializa es con las fórmulas y muchas veces sin renovarlas y, sin embargo, sigue encabezando las taquillas. Pero eso no es lo más dañino. Lo más dañino es que banaliza y simplifica la realidad. Claro que también algunos realizadores trabajan sobre estas fórmulas y en ocasiones lo hacen positivamente. El drama de todos modos es el hecho de que se hacen películas independientes pero no se pueden distribuir. Otro es el caso de España, por ejemplo, se hacen muchísimas películas, pero las grandes industrias de cine norteamericano son las que controlan o se apoderan de las taquillas.
En Cuba no es así evidentemente.
–No, por supuesto que no, y creo que de alguna forma está bien. Pues los gobernantes deberían tener una voluntad política para apoyar el cine que se hace en su tierra. Yo pienso que esta falta de voluntad no solo no apoya sino que conspira en contra.
Además de un tema comercial. El latinoamericano no está acostumbrado a ver cine latinoamericano.
–Es verdad. Y no solo es eso, sino que también existe un autodesprecio en nuestra cultura y pienso que se debe combatir. Porque lo que tiene el cine latinoamericano es la capacidad de que cualquiera de nosotros podemos reconocernos en él.
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